lunes.

Y para empezar bien la semana (ayer fue un maldito domingo de 23 horas) un video de Yalim, que me recuerda mucho a Bunbury. La melodía, no la voz. “Enganchado a ti”, para ser específica. Y ese muchacho que sale, el de camisa blanca, uuuffff. La canción se llama “Keske”

es que cuando tengo gripa, tipo, no puedo respirar

Hace un par de días, tenía frente a mí a un grupo de chavas de prepa… les calculo unos 17, 18 años, de una prepa fresísima de aquí de la ciudad. Pero fresísisisisima. Tan fresa, que seguramente el pago de la colegiatura es inversamente proporcional al IQ de los que estudian ahí. En fin. Es una escuela de mujeres, y estaban todas sentadas frente a CC y yo, y él les explicaba lo que estaban a punto de vivir, y cómo es que al dejar de utilizar un sentido (la vista) iban a poder ponerle más atención a los demás sentidos, como si se desarrollaran. Yo de pronto interrumpía contestando algunas preguntas, y en eso CC les contaba que al final del recorrido, que es completamente a oscuras, iban a poder consumir un alimento, también en completa oscuridad. En eso, la airhead 1 interrumpe:
Airhead1: Pero, o sea, tipo, ¿cómo me va a saber la comida si no la puedo ver?
CC (haciendo un esfuerzo mayúsculo por no reírse): A ver, ¿tú comes con los ojos?
AH1: Nooh…
Yo (tratando de emular su código, a ver si me entendía mejor): Precisamente. Deque, la comida no te sabe rica porque la veas, es más, ni siquiera por que, tipo, se vea rica. Es como, tipo, te ha pasado, deque, el plato se ve suuuper rico y a la mera hora ni al caso? La comida te sabe porque la puedes oler…
AH1: Ahhh… pero osea, tipo, también cuando pierdes el olfato pierdes el oído, no?
Yo (whaaaaat?) (tratando de adivinar el hilo de su pensamiento): Este… noo… A veces pasa que con una infección fuerte de la garganta, puedas llegar a perder el oído… o que cuando tienes gripe no puedes respirar y por eso la comida no te sabe…
AH1: Aja, pero de que, tipo, cuando yo tengo gripa no puedo respirar…
Grillos: cri-cri, cri-cri
Yo (pensando: claro, los mocos de seguro se te fueron al cerebro): Ajá…
(Mutis. Tres minutos después, CC y yo muriendo de la risa afuera del edificio).

En ese mismo grupo, venía una chavita como de 16 años que tenía una vendita en la nariz. Tenía miedo de que la lastimaran, porque se acababa de operar la nariz. Le pregunté que por qué se había hecho la operación (ilusamente pensando que era una cuestión médica) y me contesta “ay, es que, no me gustabaaaa”. Ooook. My mistake.
Ese mismo día, llegaron otras chavitas de la misma calaña. Me tocó atenderlas en la taquilla, les vendí sus boletos y me preguntaron: “¿Aquí tienen cieguitoooos?” (nota: me caga que les digan cieguitos. NO se llaman cieguitos, son personas ciegas chingadamadre) a lo que con mi más bitchesca sonrisa le contesto “No, no tenemos cieguitos. Aquí trabajan personas ciegas, tipo, si quieres”.
Y así, recibimos cada caso… como recuerdo esa ocasión en que preguntábamos a un grupo de niños de otro de esos colegios de qué manera podían ellos ayudar a las personas con discapacidad. Los niños no tenían más de 11 años. Una niña del grupo levantó la mano y dijo “podría ser, tipo, que de todas las compras hechas con mastercard se done un porcentaje”. Ya uno no sabe si reír o llorar.
Yo creo que antes que atender a los grupos vulnerables (pobreza, discapacidad, marginación) deberíamos atender a los ricos pendejos. Crecen en círculos de pendejez extrema, luego pasan a otros círculos de pendejez extrema (algunos llegan a ser directores de empresas, funcionarios de gobierno, nada) y la vida se les desarrolla en un mundito donde creen que los pobres son los que andan en vocho (historia verídica). Y yo me pregunto, ¿para qué van a la escuela? ¿Cuántos de ellos se logran, cuántos pueden verdaderamente aprender algo del mundo en el que viven? No me refiero sólo a esta ciudad, y por supuesto, no me refiero a todos. Pero la mayoría de los casos que a mí me ha tocado ver, son francamente… deprimentes. No sé. No quiero juzgar, pero tengo demasiado material para pensar mal. Viéndolos a ellos, hasta Cindy es una persona más decente y brillante.

el futón

El otro día soñé que compraba un futón en Buenos Aires. Ajá, porque viene al caso, claro. Era de noche, llovía, y la tienda estaba en una esquina y era muy grande. Yo estaba preocupada por comprar un futón que se viera muy bien en el cuarto de la tele, pero de pasada me acostaba en todas las camas que me llamaban la atención. Al mismo tiempo, me preocupaba un poco cómo iba a llevarlo en el avión.
Al final no recuerdo qué pasaba, pero cuando desperté, me di cuenta que incluso cuando duermo estoy cansada. O sea, sí, suena tonto, es más bien ese layering de cansancio que te hace despertar más cansada que antes. Es como… como soñar que descansas, en una noche de insomnio.