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(pero sin plan maestro)

Es divertido ir al gimnasio. Bueno, eso lo digo porque llevo dos días, jaja. Siento todos los músculos inflamados, y me duele el trasero por la bicicleta. Pero fuera de eso, está bien. Es divertido además ver gente, los dos días me ha tocado ver a una chava que se nota, tiene una obsesión por mantener delgada su cintura. Es una cintura pequeñísima, que además sigue reduciendo utilizando una faja de esas que te hacen sudar. Cuando camina, yo la miro por los espejos: me da la impresión de que un día, sin más, se va a doblar en dos.
Por otro lado pienso: wow, de seguro si se pone un corsé tendría una cinturitititita de miedo. Y no puedo negarlo, me da un poco de envidia porque ella sí tiene cadera con la cual lucir su cinturitititita. Pero bueno, si no puedo tener cadera, al menos creo que puedo trabajar por una cinturitititita más cinturititiita que la de ella. Eso creo.
Y además de la diversión por el viboreo, hoy me encontré en el gim, nada más y nada menos que a la mismísima hija de la chingada, apellidada Gutiérrez. Y cuando me dijo “weeeeey que pedo” estaba sonando Varulven en el ipot, te lo juro que sí mana.
Ya tenía días queriendo escribir algo, pero la verdad es que las cosas han dejado de ocurrírsele a mi cabeza.
Ayer fui a ver la peli de los X Files, y sólo se me ocurre una palabra para describirla: anticlimática, tal cual.
Hoy me inscribí en el gimnasio, cual compra de impulso en rebaja. Me siento culpable, pero porque acabo de obligarme a hacer ejercicio al menos un año, ¡estoy loca! Aunque quiero cuadritos. Eso es, enfócate en el objetivo. Cuadritoscuadritoscuadritos…
Me encontré a Felipe y me dijo que qué onda con mi nuevo look. Y yo… ¿cuál? pero me miré y me di cuenta que quizá sí he modificado levemente mi guardaropa. Hasta tengo una camiseta amarilla. AMARILLA, como lo leen. Bueno es que el estampado lo amerita.
No tengo boletos para ir a ver a Nine Inch Nails, entre que me iba y que no, se me fue y no los compré. ¿Y ahora? ¿Quién va a resarcir ese daño, eh?
Llevaba pocas horas en Roma. Justo ese día que llegué, hubo huelga de transporte público, por lo que sólo pude llegar del aeropuerto a Termini. Ahí llamé a Lisa, me dio la dirección de su trabajo y tomé un taxi, no sin antes hacer una fila bastante larga. El día anterior, todavía en Monterrey, había tenido que ir al médico por una de esas faringitis de campeonato que me dan cada cierto tiempo. Hacía muchísimo frío y llovía. Ya traía puesto el abrigo que saqué de la maleta estando en el baño del aeropuerto: qué locura que unas horas de diferencia cambiaran radicalmente mi vestuario.
Llegué a su lugar de trabajo, dejé mi maleta y tuve que salir rápido, pues estaba ocupada. Eran las 10 de la mañana, yo estaba en quién sabe qué calle, muriendo de frío, de sueño, de sed, anhelando una ducha, una siesta y maquillaje. Compré una botella de agua, me tomé mis medicinas y con el paraguas de Lisa, empecé a caminar sin rumbo.
Recuerdo vagamente que ese día pasé por la Piazza Navona, la Piazza Trinità dei Monti (donde están las escaleras en las que todo mundo se sienta nomás porque sí, que van a dar a la Piazza di Spagna), caminé por todas las calles, todo así como medio en sueños. Luego comí con Lisa (ella comió una pasta con mariscos, ew) y fuimos a la Fontana di Trevi, donde por supuesto, lancé mi moneda.
Para cuando llegué al Altare della Patria, yo sentía que el viento me traspasaba los huesos. El paraguas se volteó en varias ocasiones, pensé que se iba a romper. Hacía un frío de ese que corta, pensé que me iba a quedar tirada ahí en las escaleras. Me sentía como vagabunda, mal abrigada, enferma, cansada. Mis botines eran de gamuza, obviamente estaban empapados y mis pies encharcados, los pantalones absorbieron el agua hasta arriba de la rodilla. En el Colosseo renté una audioguía, de la cual no recuerdo haber entendido nada.
Salí del Colosseo y pensé: no puedo más. Todavía tenía que esperar a que Lisa saliera del trabajo, para poder ir a su casa y por fin cambiarme de ropa y descansar. Ya estaba todo muy oscuro. Caminé otra vez sin rumbo, y pasé por un lugar que se veía calientito. Entré y pedí una taza de chocolate caliente. Me senté. Sin que la chica se diera cuenta, me quité los zapatos y exprimí los calcetines debajo de la mesa. Exprimí también las botas. Me quedé descalza un rato, sintiendo el calorcito del piso en mis pies.
Sentí como si el rumbo de mi historia hubiera cambiado por completo: ahí, en la paz de ese lugar desierto y caliente, me sorbí mi primer día en Roma, dando pequeños traguitos, calientes y dulces. Por la ventana veía los cochecitos, las vespas, la gente super abrigada y con sus paraguas. El cielo ya estaba casi negro, las nubes se perdían con el fondo. Recuperé fuerzas, me puse mis calcetas y zapatos empapados, y me dirigí a la oficina de Lisa. En el camino de vuelta, pasé frente a los Musei Capitolini. Todavía guardo el ticket de esa taza de chocolate.

Las piezas se acomodan de otro modo, quizá menos novedoso pero más favorecedor. Entre irme y quedarme se pasaban los días, hasta que llegó la respuesta que yo necesitaba, del modo en que la necesitaba. Lo que más me hizo feliz: ¡sí voy a cambiar de celular! Pero todavía no sé si el Prada, todo depende de a cuánto me lo den, jajajaja.