…tus umbrales, Jerusalén.

Soñé que iba a Jerusalen. Claro que no se parecía de verdad a Jerusalén, pero había, según, un puesto atendido por una chica que vendía telas. Telas y telas de colores brillantes, oscuros, suaves, de todos tamaños y texturas. Y yo las veía y pensaba “voy a comprar 3 de esas, 5 de aquellas, 6 de aquellas… mira, esas me sirven de bufanda, aquellas de chalina…” bueno yo me volvía loca con tantas telas y esos colores. Lo cierto es que cuando fui a Jerusalén, no tuve la oportunidad de comprar telas. Ni modo, a la otra será.

Jerusalem

Me llamo Rojo

HusrevAyer terminé de leer Me llamo Rojo, novela de Orhan Pamuk (Premio Nobel de Literatura 2006). Estuve leyendo prácticamente sin parar desde en la tarde, hasta que como a las 2 am terminé las 500 páginas que me faltaban. Está de más decir que me dolían las cuencas de los ojos, la frente, la espalda, y tenía la mente llena a tope de ideas, de palabras. El libro me atrapó de la manera más literal, no me dejaba pensar en otra cosa, hacer otra cosa que no fuera dejarme llevar por la historia.
Me llamo Rojo cuenta varias historias. Estamos a finales del s. XVI en Estambul. Los grandes maestros ilustradores han enseñado que la pintura representa la vida no como la vemos en realidad, sino como se percibe a través de los ojos de Dios: por eso los cuadros que representan los grandes poemas y las grandes historias, siempre se pintan igual, con la misma influencia persa, china, árabe: las mujeres con ojos rasgados y piel blanca como las chinas, los caballos de patas delgadas y esbeltas, los árboles que no representan un árbol en particular, sino el concepto de árbol. Pero los infieles hacen sus representaciones de sí mismos y de la vida cotidiana tal cual la perciben los ojos humanos, cuelgan sus “retratos” (palabra que los grandes ilustradores no conocían) en las paredes y los adoran. Un ilustrador turco tiene la oportunidad de viajar a Venecia y se queda prendado del modo de ilustrar de aquellos francos (cristianos). Regresa con el sultán y le propone crear un libro que hable de todas las maravillas de su reino, el cual, incluya su imagen. El libro se manda a hacer en secreto y cuatro ilustradores participan en él.
La historia que leemos comienza cuando uno de ellos es asesinado.
Al mismo tiempo, Negro regresa después de 12 años de ausencia y se encuentra con la mujer que ama, que ahora está casada y tiene dos hijos, pero su marido no ha regresado de la guerra después de cuatro años. El padre de esta mujer, Seküre, es quien dirige la gran obra del Sultán que es motivo de cotilleo entre todos los talleres de ilustradores.

Este libro es varias cosas a la vez: una novela negra, una historia de amor y pasiones, y un tratado sobre el arte de la época y su decadencia. También es un repaso de los ires y venires de los grandes libros que ilustraban los grandes poemas de la época, de las leyendas que conformaron una cultura, de la suntuosidad y el poder que reflejaba el que alguien poseyera uno de estos libros de ilustraciones.

Cada capítulo está narrado por un personaje (sea persona u objeto) mostrando su perspectiva de la situación, hablándole a los lectores, como si supieran que estamos ojeando su vida (como cuando en algún momento Seküre dice: “me sorprendió encontrar tal cosa (que el escritor narra en el capítulo anterior), pero a ustedes los veo tan tranquilos que supongo que ya lo sabían. Lo que quieren saber es cómo reaccioné”). Todos los capítulos llevan en el título quién lo narra (“Me llamo Negro”, “Yo, Orhan”, “Me llamo Ester”, etcétera). Esta forma de contar le da un sentido de totalidad a la novela, como si la abarcáramos desde muchos lugares y nada se nos escapara. Aún así es difícil saber quién es el asesino (yo en lo personal nunca estuve completamente segura, hasta que se descubrió).

Yo estoy fascinada por esta novela. Hasta la soñé, tuve insomnio (no sé si por el café o porque mi cerebro se quedó activado), y en pocas palabras, me marcó. Tengo en mis manos otro libro del mismo autor que leeré más adelante, y sin duda alguna, compraré todo lo que de él se consiga. Fue un descubrimiento afortunado (gracias a mi Piantado que me los regaló de cumpleaños!).
Lo recomiendo ampliamente.

cambios inevitables

La gente cambia, es cierto, pero a veces lo hace de manera tan radical (y negativa) que simplemente nos negamos a creerlo. Yo la quiero, es cierto, pero más por lo que fuimos en el pasado que por lo que somos ahora. Ella es completamente otra persona, ya casi no tenemos nada en común (¡a pesar de que antes lo teníamos todo en común!), tiene otras “mejores amigas” y yo… yo quedé en el pasado. La veo y si no estamos solas, no puedo entablar una conversación con ella. Se ha convertido en otra cosa. No digo que yo no haya cambiado, sí, cambié mucho, CRECÍ (y también generé nuevos defectos, claro). Y ella no, al contrario, tuvo una regresión a la infancia de la que no tiene intenciones de salir.
Es bien triste. Pero la verdad es que prefiero quedarme con el recuerdo de tantos años de amistad, que intentar forzar una amistad en el presente que simplemente no tiene tierra en dónde crecer. Pero es bien triste. De por sí los amigos son pocos, y para mí, cada vez son menos.