Ya he hablado en un par de ocasiones sobre Neil Gaiman. En mi casa es una presencia constante desde que descubrí Sandman, que es uno de mis textos favoritos en sus múltiples presentaciones y variedades. Leí Neverwhere y también vi la miniserie, y he de decir que me gustó más la miniserie que la novela. Algo raro pasa con Gaiman, es muy bueno pero a veces escribe cosas muy raras. De lo que le he leído (Sandman, Coraline, Neverwhere, Stardust, Wolves in the walls, Good Omens -con Terry Pratchett- entre otras cosillas, ensayos, etc.) he descubierto que a veces la longitud lo es todo. La mayoría de sus historias cortas son MUY buenas. Pero algo extraño pasa cuando lo alarga: como que la historia pierde un poco el chiste. No sé, a lo mejor algún fan me patea. Mejor enfoquémonos en el libro.
Smoke and mirrors es un compendio de 29 cuentos, en prosa y en verso, que han sido publicados a lo largo de su vida como escritor en diferentes publicaciones. Hay algunos que son MUY buenos, así de quedarte pensando antes de retomar la lectura, otros que están bien, y otros que de plano no me gustan. Pero los que son MUY buenos, son buenísimos. Por ejemplo, el último cuento se llama “Snow, glass, apples” y es una verdadera delicia. Afortunadamente lo encontré aquí, así todos podrán leerlo. Porque muero por decirles de qué se trata, pero no debo, porque si no lo arruinaré. Pero me gustó tanto que me provocó sueños bien locos. Y yo creo que no por nada está al final: cuando acabas el libro te queda una sensación de “woooow ¡qué viaje tan loco!” y terminas adorando igual a Gaiman, aunque no te guste Neverwhere :P
Mustafá
El fin de semana trajo un gatito nuevo a nuestras vidas. Apareció por los rumbos del Piantao que, como buena vieja loca de los gatos*, lo adoptó y luego amablemente me lo cedió para que viviera con nosotros. Pero, como siempre hay un pero, aquí también hay un “pero”. Este “pero” pesa 6 kilos y 9 años de caricias, arrumacos, chiflazones y el título de “único gato”. Claro, quién va a ser sino Ozzy.
Esto, por supuesto, representa un problema. Porque normalmente Ozzy no acepta presencias que puedan ser amenazas territoriales -como cualquier otro gato. Más si tenemos en consideración que desde toda su vida ha sido el único. Una vez quisimos traer una gata para cuidarla un tiempo, y nombre, la que nos armó. Luego mi hermana trajo unos gatitos, a los que cuidamos como por una semana, y pues ahí andaba todo sacado de onda el Ozzy.
Ahora sí me gustaría que Mustafá se quedara, vean ustedes por qué:

Hola, yo soy Mustafá. Mi raza (o al menos eso creo) se llama Van Turco. Ajá, soy tan turco como los angora, pero mi pelo no causa tanto problema, y además no estoy sordo. Me gusta mucho el agua, o al menos eso dicen, porque mi mamá no me ha bañado, es que estoy muy pequeño. Me gustaría quedarme en esta casa… ¿puedo quedarme aquí, mamá?
Cómo decirle que no. Nomás miren esos ojitos, esas orejitas… además le puse Mustafá (¿alguien se acuerda -otra vez volvemos a los libros de la SEP- de ese cuento que creo que se llamaba El gato Mustafá?) y se la pasa comiendo, durmiendo y… ya saben.
Hasta ahora la técnica ha sido no enfrentarlos, sino que Mustafá está encerrado casi siempre en el baño, sobre todo si Ozzy anda por ahí. Luego, dejamos que huelan cada uno sus respectivos espacios (Ozzy el de Mustafá y viceversa) cuando el otro no está ahí. Es puro conductismo puro. La cosa es asociar estos nuevos aromas con cosas positivas como comida o caricias. Con Ozzy es difícil, porque no siempre es expresivo. Pero le he hablado mucho sobre la idea de tener un hermanito, y cómo no significa que lo cambie, o que ya no lo quiera. Dentro de unos días los presentaré y… ay, ojalá se caigan bien. Si no, Mustafá tendrá que irse, y nadie quiere dejar ir a un gato turco que se llama Mustafá :(

Mmm, me estoy relamiendo porque acabo de comer. Me encanta comer.
*Yo pensaba que “vieja loca de los gatos” iba a ser yo. Pero al paso que vamos, creo que va a ser él :P
Tsugumi
Acabo de leer Tsugumi, de Banana Yoshimoto. Como todos los libros de la Yoshimoto, te deja esa sensación de que te acabas de despertar de un sueño: un sueño del que quizá no recuerdas nada pero se te antoja plácido, sereno y agradablemente triste.
En general, me gustó. No tanto como Kitchen (en mi biblioteca de favoritos), o Sueño profundo (segundo favorito) pero sí más que Amrita (cuarto en la lista). Lo interesante de esta novela, es que a pesar de hablar sobre lazos familiares, resulta muy refrescante. Y digo “a pesar” porque a mi no me laten los rollos cursilindos y estáticos “oh si mi madre, oh si mi padre, oh, mis maravillosos tíos y mis amadas primas”. Pero Tsugumi es una personaja tan peculiar, que terminas enamorándote de ella y de todas sus excentricidades.
El ambiente del pueblo playero donde se desarrolla es entrañable, cálido, me lo imagino así como en tonos naranjas y amarillos. Lo recomiendo para una lectura pacífica, tranquila, sin interrupciones. Pero si no conocen a la Yoshimoto, empiecen con Kitchen, la recomiendo ampliamente.
La sinopsis de la cuarta de forros, después del salto. (Yo no sé ustedes, pero nunca leo las cuartas. Pero si lo quieren hacer, les doy la opción :P)
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caos
Eso me pasa por actualizar el wordpress cuando todo mundo ya lo hizo.
El blog estará raro un rato, espero que no mucho. Grr.
Actualización: Creo que ya quedó. Si ven algo faltante o fuera de lugar, pues ya me lo dicen.
el metro
Yo sólo conozco metros extranjeros. La geografía de esta ciudad ha dispuesto las cosas para que el metro de aquí no me sirva para mis traslados. Al que le guardo especial cariño es al de Madrid. Y al de Istambul, sólo por ser el de Istambul.
De Madrid, recuerdo mis mañanas aceleradas para ir a la escuela. Había una estación en la que hacía un trasbordo particularmente largo, pero me gustaba porque en uno de sus pasillos (larguísimos) había tres músicos que tocaban tango. A lo lejos se empezaban a oír los compases, el pianito. Y conforme más me acercaba, la mar de gente a mi alrededor, se me iba olvidando dónde estaba y qué hora era, y en ese momento me daban ganas de ponerme a bailar y olvidar el día. Cuando pasaba justo por enfrente, les dejaba unas monedas y el músico de los ojos grises me agradecía con una sonrisa deliciosa.
Luego me alejaba caminando, rápidorápido como todos alrededor, y el sonido del tango se iba diluyendo en la atmósfera hasta que el mundo me tragaba de nuevo.
Recuerdo también una vez que subieron dos personas: uno llevaba una guitarra, e iba acompañado de una mujer. El vagón iba casi vacío. Me pregunté de dónde serían, qué iban a cantar. La sorpresa no me esperó: la guitarra hizo tunda tunda tunda mientras la mujer cantaba grabé en la penca de un maguey tu nombre, juntito al mío, entrelazados… me sorprendí muchísimo. Me pegó la nostalgia, como no, y ni siquiera recuerdo si les di una moneda.
En otra ocasión, el vagón del metro estaba llenísimo, no cabía un alfiler. Subió un chico delgado, alto, de cabello rizado y castañito. Se paró más o menos en medio del gentío y empezó a declamar un poema de Luis Cernuda. Por el acento supe inmediatamente que era argentino. El poema era ese que terminaba con “ashá, ashá, donde habita el olvido”.
En Istambul no tuve mucho tiempo para viajar en el metro (aunque sí usamos prácticamente todos los medios de transporte disponibles). Cuando regresábamos del Kanyon, una señora me miraba mucho (íbamos de pie) y le decía algo a otra señora que estaba a su lado. Yo las miraba con cara de “sé que están hablando de mí, ¡malditas!” y entonces una de ellas me dijo algo en turco. Puse cara de “no entiendo nada” y le dije, sorry, I don’t understand. Ella me dijo entonces algo como “you have a beautiful hair color”. Me sonrojé, bueno, la cara se me puso del color del cabello, me abaniqué con la mano y le dije “thanks!”. Me contestó “no no, do not be ashamed. it looks very good on you”. Yo pensaba justo lo opuesto, que estaban hablando para criticarme… pero no.
Hay otras anécdotas perdidas por ahí. Pero en general he de decir que me encanta viajar en metro, hay tantas cosas que puedes observar de la gente.
de la mesura (o por qué peda soy más buena onda)
mesura.
(Del lat. mensūra, medida).
1. f. Moderación, comedimiento.
¿Cómo saber cuánto es suficiente?
Cuando reflexiono mucho sobre cómo me siento respecto a un tema, es tal la sugestión del momento que termino diciendo lo que siento a bocajarro. Y es que así soy yo. Me pasa todo el tiempo, entonces, que luego de decir o escribir las cosas así, termino arrepintiéndome y sientiendo cruda moral. ¿Cruda? ¿Pero qué no se supone que uno es libre de expresar cómo se siente, cuando lo sienta? Supongo que no. Supongo que lo que se espera es la mesura y el buen gusto, el enfriar las ideas antes de compartirlas (si es que se comparten) el no decir alguna imprudencia ni cometer algún desfiguro. El problema entonces, es, que mi mente es como una olla hirviendo todo el tiempo, pensando cosas, clavadísima en la textura. Tanto me clavo en algunas cosas que luego las digo, completamente segura de que las creo, envalentonada por la hervidera de la cabeza. Pero luego al otro día, el clima es distinto o qué sé yo, y me arrepiento de haber expresado tal o cual cosa.
Me pasa incluso con este blog. A veces escribo cosas de las que luego me arrepiento (a pesar de que nada es muy comprometedor… creo) y me sorprende arrepentirme, pues finalmente todo sale de mi cabeza. Puede que el problema sea el modo. O puede (y yo creo que esto es lo que pasa) que un ente mental muy estricto me vigila todo el tiempo (llámese super yo, super ego, o lo que sea) y me hace cuestionarme todo el tiempo si hice bien o mal en decir o hacer tal cosa. Ni siquiera es inseguridad, porque al momento de externar lo que sea que se externe, lo hago completamente convencida y segura.
El problema es lo que pasa después. La gente es víctima de mis comentarios a destiempo, de mis obsesividades, de mi histeria. Quizá a ellos les valga madre (es lo más probable) pero entonces yo me quedo pensando y repensando, clavada en la textura, cuestionándome si tal o cual cosa dicha o hecha estuvo bien. Y seguramente el otro ni se acuerda, o ni tomó en cuenta lo que le dije.
Pero la angustia es horrible. Por eso no me gusta emborracharme. Si teniendo control me siento descontrolada… borracha, soy un peligro para mi salud mental. Y a nadie le importa, estoy segura. Pero si hago algo mal en mi estado alcohólico, estaré arrepintiéndome por días. Y ni siquiera es algo mal como, no sé, vomitarle a alguien encima. Puede ser simplemente que repetí algo demasiado, conté la misma anécdota tres veces o dije más palabrotas que habitualmente.
No sé, ahora que lo leo, me siento como la tirana de mí misma. Quizá todo este asunto de la mesura sea una manera elegante de justificar mi tiranismo. Y por otra parte, de observar mi imposibilidad de dejarme hacer el tonto. Y cuando hago el tonto, sale la otra tirana, la angustia, a hacer de las suyas. ¿En qué momento dejé que todo esto empezara a pasar?
Lo chistoso es que en momentos así me acuerdo de la frase de Diana, quien me decía “actúa ebria siendo sobria”. El resultado: cuando estoy borracha me la paso diciendo “dicen que peda soy más buena onda”. jajajaja. Chales.
