Un texto (autobiográfico, podrÃa ser) de hace tres millones de años. Bueno cinco, para ser exactos.
Ese dÃa una lágrima lo despertó. Pudo sentir que se materializaba en la oscuridad del sueño, tibia y ligera, dejando un camino de sal sobre su rostro. Era una fuga en el desierto de sus ojos. Una lágrima cristalina avanzaba atraÃda por la fuerza de gravedad y pronto otra recorrió el mismo camino. En unos pocos minutos, diecisiete de ellas le empaparon las mejillas blancas.
Él mismo las contó.
Una sensación de sangre adormecida subÃa por su vientre hasta detenerse en su garganta, haciendo nudo sus cuerdas vocales; la serpiente de la angustia se enroscó en su cuerpo negándole todo movimiento. Decidió reportarse enfermo en el trabajo y se quedó hundido entre las sábanas azules, en una cama demasiado grande para él.
El tiempo se estiró hasta que el paso de las horas perdió todo sentido. Los minutos contaban en tics y tacs el gradual aumento del malestar. Era como si algo le aprisionara el pecho impidiéndole respirar, ponerse de pie. HabÃa pensado en levantarse hasta que lo vomitara la cama, pero eso nunca sucedió. TenÃa miedo de que esa sensación continuara hasta el siguiente dÃa y le hiciera faltar otra vez al trabajo.
Reunió fuerza y se incorporó lentamente, sintiendo cada movimiento de su cuerpo, y se quedó sentado en el borde de la cama hasta que todas los fragmentos de su habitación tuvieron sentido de nuevo. Sin pasar por la regadera salió de su casa y subió al coche.
El vacÃo de su estómago le absorbÃa las últimas ganas. En su archivo mental no aparecÃa una situación similar, una sensación como la que tenÃa que nacÃa y terminaba en su vientre. Como no podÃa colocar su dolencia en algún punto especÃfico decidió visitar al médico de siempre, al hombre de gafas grandes que de seguro acertarÃa en su diagnóstico y le darÃa un paliativo que en poco tiempo lo tendrÃa trabajando otra vez.
Confiaba en la medicina. Todas las dolencias fÃsicas corresponden a algún medicamento que las cura o atenúa; hasta los sentimientos pueden reducirse a simples procesos quÃmicos fácilmente maleables gracias a simpáticas pildoritas que lo ponen a uno de buen humor. Sintió que la tranquilidad recorrió sus extremidades al pensar esto. Iba a curarse, no cabÃa duda.
El edificio abrió un pasillo largo para él. Las paredes frÃas no le hablaron mientras caminaba hacia el consultorio. Todo el lugar era ángulos rectos y piso blanco. La puerta del consultorio se impuso. Entró.
Le preguntó cuáles eran los sÃntomas. Él le habló de la lágrima sospechosa, de la sensación de asfixia, de los nudos en la garganta. El médico asentÃa de cuando en cuando mientras le tomaba la presión, le observaba adentro de los oÃdos, le domaba la lengua con un palito de madera. HabÃa otro sÃntoma, quizá el más molesto de todos: un dolorcito en el pecho que comenzaba lentamente, como el golpeteo de un dedo Ãndice sobre una mesa. Luego aumentaba, crecÃa y se refugiaba en la médula de sus huesos. Y justo en ese momento él abrazaba sus rodillas, acostado sobre la mesa de observación, invadido por ese dolor desesperado. El médico suspiró pensativo e intentó tranquilizar a su paciente. Tomó su estetoscopio y se acercó para escuchar el corazón del hombre que estaba examinando. Lo escuchó mientras en su cara se moldeaba una expresión de verdadera incredulidad. Se retiró despacio y miró gravemente al enfermo.
Salió del consultorio más abatido que antes. De camino al coche observó cómo las hojas secas caÃan de los árboles y crujÃan bajo su paso. Regresó a casa pensativo, tratando de no hacer caso a sus dolencias. Al abrir la puerta, la habitación apareció ante sus ojos como un espacio en el que el tiempo gotea viscoso. Se dejó caer en la cama. Miraba al techo y pensaba, todavÃa incrédulo, en lo que le habÃa dicho el médico. Estaba fuera de toda lógica.
Se llevó la mano al pecho y sintió ese sonido fragmentado. El ruido de algo roto hacÃa eco en la habitación.
Un momento después, diecisiete lágrimas le bañaron el rostro.
Él mismo las contó.













me agradó…tiene algo kafkiano, algo de poe, pero principalmente, algo de humano…
aterradoramente certero
besos