Hoy se celebra en México el día del cartero.
También celebro el cumpleaños de mi hermanito WoW-maníaco, y el de Karl-Charly-Mensis-Duque. Ambos traídos por un carterillo despistado, que caminaba una noche bajo el signo de escorpión (ehm, see).
Hace rato pasó por aquí el cartero, con ese uniforme correspondiente a la nueva imagen del correo mexicano, sí, esa imagen que utiliza rosa (rosa mexicano, creo) y blanco. No sé si los carteros estuvieron muy de acuerdo en la selección de colores (yo no lo hubiera estado) pero aparentemente no tienen otra opción. Iba muy contento, recibiendo humildemente las felicitaciones de los vecinos -de los que salieron a darle un sobrecito y desearle un feliz día. Siempre he creído que ser cartero debe ser un trabajo muy cansado, como muchos otros, sí, pero este en particular me parece… triste. No que me parezca triste que trabajen de carteros, la profesión en sí tiene un airecillo romántico y al mismo tiempo de abandono: ¿quién manda cartas?. Por supuesto, el servicio se sigue necesitando, están los recibos de pago, los estados de cuenta, la odiosa publicidad, los recordatorios… alguien dijo que alguien oyó que iban a desaparecer el servicio postal en México. A mí me parece completamente descabellado y poco probable, sigue habiendo cosas que no podemos enviar por attachment. Pero lo valioso, las palabras: esas quedaron confinadas a lo binario, al cursor que parpadea, a las tipografías sans serif.
Más de una película nos ha mostrado a la mujer, al hombre, antes de las computadoras et al, aguardando pacientemente al cartero, esperando su silbato. ¿Cuánto tardaba en llegar una carta? Si venía desde otro continente y en barco, meses, incluso. Imagínense los sellos, los dobleces, las arrugas, las manchitas. Imagínense la espera, la angustia liberada cuando el cartero aparecía ante la puerta. Lo mismo podía ser traedor de excelentes o pésimas noticias, que tenían ya quién sabe cuánto tiempo de antigüedad.
Si hay libros de “cartas entre fulanito y fulanita”, ¿creen que ahora puedan haber libros de “emails entre fulanito y fulanita”?. Sería chistoso.
Pero volvamos al cartero. Por mi casa sí pasa un cartero (hay colonias que no tienen este servicio) y normalmente recibimos toda la correspondencia: el hombre está más que tostado, curtido de la piel por el sol. Es muy delgado, y camina inclinando el cuerpo hacia un lado, para jalar la bolsa y no permitir que se le caiga. Toca el silbato cada que se acerca a una casa a dejar sobres, independientemente de si le abras o no. Si trae algo importante, toca a la reja. Creo que alguna vez le hemos ofrecido un vaso con agua.
Lo he visto pocas veces de cerca, siempre lo veo caminando por ahí, a lo lejos. Es una profesión tan solitaria, cansada y hasta cierto punto anacrónica. En una época en la que hasta el super puedes hacer online, recibir cartas es como una cosa del pasado. Para mí es un pasado que añoro, por que no lo viví y me hubiera gustado: para cuando llegué a la edad en que se mandaban cartas, ya tenía una cuenta de email. Todavía cuando salgo de viaje, me gusta enviar postales, incluso envío una a mis padres (aunque compartamos la misma dirección) porque me parece tan irreal que un objeto que estuvo conmigo en otra parte, tan lejos, esté ahora en mi casa. Hasta la letra me parece irreconocible. Es más, yo llego antes que las postales, jaja.
He recibido algunas cartas y he enviado algunas. Enviar una carta, para mí, es abrir un canal de comunicación que no te da el email, y que no te da la palabra enunciada. Enviar una carta, pegar las estampillas, y esperar los 3 días que tarda en llegar de un punto a otro de la ciudad, es un acto de amor a la antigüita. No hay que perderlo.
Por eso, feliciten a su cartero, regálenle aunque sea un vaso con agua. Su labor es mantener vivo un canal que nos recuerda que el contacto debe darse también y sobre todo, en el mundo offline.