raks sharki

Yo pensaba que estaba muy vieja para las clases de danza árabe, porque mi maestra tiene siete años menos que yo. Pero luego de ver este video, creo que estoy ancianísima, no manches. Es demasiado “friqueante” (sic) ver a la niña moverse así. No sé qué me provoca.

(bueno, sí sé. me provoca correr frente al espejo y lamentarme porque mi vuelta africana no se ve tan chida como la de ella).

bostezos/suspiros

Es otra vez el sueño. Me pesa principalmente en la cabeza, en la frente especialmente. Camino cuidando que la cabeza no se desprenda de mi cuello, entrecerrando los ojos, maldiciendo los lentes de contacto. En mi oficina hay aire acondicionado, muy frío, y yo me pongo un suéter muy lindo que todavía huele a Praga. Y eso me provoca más sueño: sentir la suavidad de la cara interior de la tela, acariciándome, apapachándome, y allá afuera hay un sol de esos de Monterrey, infatigable, eterno. Pero dentro es frío, y la silla es cómoda, y el suéter que me recuerda a ese chico (“o” por masculino, adjetivo por edad) que conocí en el Karlovy Lázne, y tenía usaba un suéter suavecito y con olor a jabón, en el que yo recargaba mi barbilla mientras bailábamos algo a destiempo y él me abrazaba como si yo fuera La.

Cerré los ojos durante algunos segundos, y ese tiempo fue suficiente para tener un sueño: alguien quería matarme pero a fin de cuentas yo lograba matarlo primero. Matarla, porque era una mujer.  Ahora escribo y no sé qué estoy diciendo, porque el sueño me come: olvido qué se siente tener extremidades (excepto los dedos, porque escribo) y soy algo que se está desvaneciendo a bostezos pero que sin embargo rechaza la horizontalidad del descanso. Ya podré dormir cuando me muera. Mientras tanto, trato de atraparte en este espacio, este hueco entre el estar dormida y estar despierta. Y tarareo una canción de La Barranca. No sé si eres un sueño tú, o sueño es lo que vivo todo el tiempo…

Y como decía en las cartas que escribía en la secundaria: CDT

Millones de gracias por sus felicitaciones (o como dicen los españoles: gracias totales). Han sido días preciosos de desveladas inimaginables. Me hace muy feliz saber que tengo amigos tan maravillosos.

auch

“Aunque pueda parecerlo, yo no tengo una mirada pesimista sobre el hombre”, agrega el director. “Es verdad que mis personajes están terriblemente solos, pero quieren dejar de estarlo. Buscan desesperadamente algo, lo malo es que lo que buscan ya pasó. Ahí surge la nostalgia, la culpa y el dolor. Resultaría aburrida una película sobre un hombre y una mujer que se aman y se conocen en el momento preciso y son felices. ¿A quién le importa eso? Nosotros queremos saber qué les ocurre a esas personas que no se encuentran nunca, que sobreviven sabiendo que en realidad para ellos sólo existió aquel amor.”

Una de esas citas que duelen. De Wong Kar-Wai (director de In the mood for love y 2046, dos maravillosas películas).

Grrr. La nostalgia. Maldita nostagia. Qué razón tiene.

XXV

Invito cordialmente a todos los amables lectores de este blog, al festejo con motivo de mi XV aniversario (favor de ignorar la “X” que falta al principio del número) que tendrá lugar el día 22 de julio de 2006, en el bar Kubrick. La dirección es Zaragoza no. 736, entre Jerónimo Treviño y Carlos Salazar. Es fácil llegar: suben por ZUAZUA (la calle del MARCO), en Carlos Salazar dan vuelta a la izquierda, luego en ZARAGOZA a la izquierda y antes de llegar a la esquina, ahí está el bar. Sólo recuerden que en ZUAZUA hay una desviación a la altura de Juan Ignacio Ramón, pero no debe ser mucha bronca.
Espero verlos por allá. Si no los conozco, se vale acercarse a sacar plática. Me emocionan los extraños, jaja.

rendez-vous

“On an August morning in 1978, French filmmaker Claude Lelouch mounted a gyro-stabilized camera to the bumper of a Ferrari 275 GTB and had a friend, a professional Formula 1 racer, drive at breakneck speed through the heart of Paris. The film was limited for technical reasons to 10 minutes; the course was from Porte Dauphine, through the Louvre, to the Basilica of Sacre Coeur. No streets were closed, for Lelouch was unable to obtain a permit. The driver completed the course in about 9 minutes, reaching nearly 140 MPH in some stretches. The footage reveals him running real red lights, nearly hitting real pedestrians, and driving the wrong way up real one-way streets. Upon showing the film in public for the first time, Lelouch was arrested. He has never revealed the identity of the driver, and the film went underground until a DVD release a few years ago”.

El video está aquí. Lo leí en el blog de Hamletmaschine.

siempre eres tú

Todo estaba listo para esa noche. Es como si cada segundo de su vida los hubiera preparado precisamente para este momento. Los corazones laten acelerados, las manos sudan, el perfume quizá es demasiado. Él sentado frente a la mesa estruja una servilleta de tela. Ella pasa un cepillo demasiadas veces por su cabello. Él frente a un plato vacío, ella frente al plato del espejo, en el que su imagen se sirve con un ligero sabor a angustia. El reloj tic tac al fondo de ambos. Estruja la servilleta. Una mano femenina enciende un coche. Una servilleta de tela blanca, corriente, casi ofensiva.

Y es que quién sabe si verse era la mejor opción. Dejar el hogar seguro, quemar las naves, acortar las distancias que hacen peligrar hasta a los conductores más diestros. El riesgo era, precisamente, acercarse el uno al otro. Como dos sustancias químicas que nunca deben mezclarse, pero por su misma peligrosidad, el acto atrae al curioso: “y que pasa sí…”

Ella fuma mientras conduce. Él fuma mientras espera, mira al mesero, a los comensales, el ruido del chocar de copas, de tenedores sobre el plato, quizá un piano desafinado al fondo, cómo saberlo. Ella acelera acelera, y todos los semáforos en verde le dicen sigue, aunque ella se muerda las uñas y no sepa si seguir. Pero sigue. En bocanadas de humo queman su angustia, que no se termina sino al contrario, se multiplica y se extiende en el ambiente con olor a cigarro.

Pero si sólo había pasado un año. Las razones por las que dejaron de verse están de más, o quizá ya ni se acuerden, o quizá no les importe, o quizá por eso quieran verse. El problema es que el tiempo avanzó a cuentagotas, el tiempo elástico que lejos de diluirlos, quemó en sus mentes la imagen del otro. Como un tatuaje sin color, como una silueta: tú eres este espacio que estará eternamente definido dentro de mi corazón.

Una botella de champán suda también dentro de una cubeta que moja la mesa. La mancha de agua sobre el mantel se ha ido extendiendo, él casi puede medir cómo pasa el tiempo al ver cómo ésta crece. Ella entra al lugar. El vestido negro le aprieta los muslos para que no pueda caminar, sus tobillos se doblan. Mira hacia adentro del restaurante, pero sólo ve muchas cabezas inclinadas sobre platos. Nada que resalte.

El problema quizá es que nunca dejaron de quererse. Y no pueden entender cómo es que todo salió tan mal, tan mal que quizá ya nunca tenga remedio y toda esta cita es una tremenda estupidez. Una trampa en la que cayeron a causa de un desliz de ingenuidad. Pero qué tontos. Si lo peor que podían hacer era verse, esa noche, en ese restaurante, con esa botella de champán esperándolos, nerviosa y sudando.

Hay una mesa vacía. No, no está vacía, hay un hombre sentado en ella. El hombre fuma y mira una mancha de agua sobre la mesa. Estruja una servilleta. Ella da uno dos tres pasos inseguros, los siguientes también. Le clava la vista, y él responde. El hilo rojo que los une todavía está ahí, perceptible, y quizá por eso les duele tanto el pecho al chocar las miradas, como un accidente automovilístico.

Pero qué hacer ante la necesidad. Ante el conocimiento de la existencia del otro, como una parte complementaria de sí mismo, como dos notas conectadadas en una misma partitura. Y qué hacer, cómo remediar el hecho de que están irremediablemente enganchados, de que no importa cuánto quieran burlar al destino, cuánto quieran evitarse, la ciudad cambiará todas sus rutas con tal de que ellos se encuentren de nuevo.

Se miran largamente. No sonríen. Ella aprieta su bolso entre los dedos, él sigue estrujando la servilleta. El tiempo elástico otra vez abraza sus memorias, los tortura, los exprime y los obliga a recordar. De golpe. Pero sus brazos siguen sin moverse, sus piernas siguen sin tener vida, sus labios que no se separan para emitir alguna palabra. Finalmente, es ella quien toma la inciativa. Apura una sonrisa apretada antes de dar la media vuelta y dirigirse hacia la salida. Sus tacones perforan la alfombra del restaurante. Él respira hondo. Ella enciende un cigarrillo mientras cruza la puerta hacia la calle. Él pide que le abran la botella. Creen que todo ha terminado.

Qué ingenuos.