más de sueños

Dicen que el mejor remedio para el insomnio es dejarse llevar por él. Siempre pienso en eso cuando tengo insomnio, abro bien los ojos y viendo al techo enfrento mi incapacidad para conciliar el sueño. Casi siempre es ansiedad. Pero luego de dos o tres vueltas y sacar los pies de abajo de la sábana, cierro los ojos y empiezo a contarme historias en donde, casi siempre, apareces tú. Qué predecible. Pero luego estas historias empiezan a tomar formas estéticas, agradables, y te conviertes en un personaje realmente fascinante. 

Lo malo es que justo cuando me doy cuenta de que debería de estar escribiendo, entro en una etapa previa a conciliar el sueño, en donde encender la luz, tomar una libreta y una pluma, y ponerme a escribir, no es lo más llamativo. O duermo, o escribo… mejor escribo. Me incorporo, enciendo la lámpara, tomo la libreta y la pluma. Y justo cuando apoyo la punta sobre el papel, tu imagen empieza a desvanecerse con el sueño.

Trato de evocarte a mi lado, en esa imagen que es mi favorita: tú estás dormido, y la luz de la calle se resbala en la línea de tu cuello que se pierde debajo del primer botón de tu camisa (debo confesar que es reiterativa esa imagen). Tus labios relajados, tus párpados quietos. Empiezo a dibujarte con mi pluma, de la única manera que sé dibujar: con palabras. Y tus rasgos empiezan a tomar forma, tu pecho empieza a subir y bajar, y tus cabellos se deslizan por la almohada cada que giras la cabeza.

Ahora el insomnio se convirtió en una necesidad de no dormir, en una vigilia voluntaria; mi pluma no puede parar de dibujarte, de describirte, de recorrerte mientras navegas en el sueño. Escribo y las hojas se me escurren apenas se llenan de palabras. Trato de no hacer mucho ruido mientras te voy dando vida, no quiero despertarte ahora que estás a mi lado. Pero en un cambio de página descuidado, te rocé la frente y abriste los ojos. Estabas ahí. Yo te miré con sorpresa y ambas manos ocupadas: en una la libreta, en otra la pluma.

Te incorporaste tallándote los ojos. Yo no cabía de asombro. Me sonreíste y, despacio, me quitaste las cosas de las manos. Llevaste mi cabeza hasta tu pecho, y acaricándome el cabello, dijiste que durmiera. Me acurruqué entre tus brazos y dejé que mi mente cayera hasta el fondo, muy hasta el fondo del ensueño. El ritmo de tu pecho que subía y bajaba me arrulló.

Cuando desperté por la mañana, todas las hojas que había escrito la noche anterior estaban en blanco. Y de ti, ni siquiera la marca en la sábana. Por eso, ahora todas las noches me mantengo despierta a voluntad. Me la paso escribiendo, tratando de buscar la combinación de palabras precisa que te dio vida en mi cuarto esa primera noche.

sueños compartidos

Otra vez fue un sueño. Esta vez tenías cabello largo y manos finas. Era de noche y yo me recostaba a tu lado, en el suelo, y miraba tu silueta que se recortaba contra la luz del farol que entraba por la ventana. Tu respiración acompasada, el ligero soplo en mi nuca. Yo guardé tu sueño de las pesadillas, me quedé despierta a tu lado, velando tu descanso, esperando que nada te despertara y si acaso te despertabas, estar lista para acariciarte, abrazarte, hacer lo que fuera necesario para que volvieras a dormir.
A veces es lindo despertar y tener alguien a tu lado, dijiste, y por eso estoy aquí. Escucho en la profundidad de la noche los sueños que te envuelven y los suspiros que te provocan. Tus suspiros son contagiosos y yo te hago eco cortando el aire que respiramos. Tus párpados perfectos, tu rodilla rozando mi pierna, la misma almohada debajo de nuestras cabezas. Duerme, que en mi sueño yo velaré el tuyo. Y mientras, imaginaré que navego en tu cuerpo que respira acompasado.
Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes. Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo y tú, inocente, duermes bajo el cielo. Tú por tu sueño y por el mar las naves… 

is there anybody out there?

La noche se acaba minuto a minuto, y yo sigo teniendo esa desesperante sensación de ausencia. Tiene que haber algo, alguien, aquí en internet, desde la limitación de mi ubicación física, una voz que resuene y me conteste sí, yo también estoy igual de solo. Pero los minutos siguen avanzando y nada sucede. Me consuelo con mi propia voz, la interna, la que surge en mi cabeza mientras escribo estas palabras.
Y al final, sólo me queda escribir, porque la escritura es el paliativo de los insomnes solitarios.