Macarons (2)

A propósito del post de ayer, me acordé de esta foto (click para verla en grande): macarons en el McCafé de Viena. Sí, macarons en el mcdonalds (buenas con el glamour…)


¿Ven además ese delicioso postre con fresas que está abajo? Viena era así: postres deliciosos hasta en el lugar más charchino. Hermosas confiterías. Dulces por todos lados… *suspiro* en fin.

Macarons

No recuerdo cuál fue la primera vez que probé los macarons, este delicioso, finísimo y super fotografiable postre francés. Veanlos ahí, todos elegantes y coloridos, carísimos ellos.


O más bien sí lo recuerdo: fuimos con Liz y Raúl a esa tienda super fresa, donde compramos como 500 pesos en dulces y nos trataron como si fuesemos plaga malvestida. Nos atascamos de estos postrecitos lo que pudimos, pues tan dulces que son ellos empalagan luego de un rato. El asunto es que siempre se me había hecho como una cosa muy refinada y difícil de preparar -digo, en esa tienda fresa cuestan como 16 ó 18 pesos cada uno, y lo más barato que los había comprado es a 12 pesos la pieza- pero ahora que a mi hermana se le metió que no era tan complicado nos pusimos a hacerlos. Y la verdad es que lo más complicado del proceso fue convencerme de participar en él.

Los ingredientes son tan simples, que luego de tenerlos enfrente no sabes de dónde sale tanto glamour: huevo, azúcar, más azúcar (glass) y almendras. En serio, es todo. Lo primero fue “esponjar” las claras, que creo fue lo más estresante de todo. Luego le pones el azúcar, el otro azúcar, y la harina de almendras. Obviamente no así nadamás, hay una forma para mezclar los ingredientes sin que se corte el huevo, etcétera, pueden encontrar videos en youtube por doquier.
Luego puedes pintar la masa, ponerle alguna esencia de sabor, meterla en una duya y colocarla sobre papel para hornear en una charola. Vean para qué estudió mi hermana durante 5 años artes visuales… voilá!

También tiene otros talentos, como recortar, pegar y colorear, pero no hubo necesidad de echar mano de ellos durante la elaboración de esta receta (JAJAJAJA). Ya en serio, le quedaron muy bien sus macarons, yo eché a perder la mitad de la masa rosa por querer hornearlos en una tapa cóncava… ajá, soy bien lista yo. Pero bueno.
Ya que están todos lindos en la charola, debes dejarlos como 10 minutos para que se les forme una capita dura en la superficie (quesque) luego levantas la charola como 15-20 cm y la dejas caer, para que se les forme “el faldoncito” a los macarons antes de ser horneados. Se meten al horno 15 minutos exactos, ni uno más, ni uno menos. Vean qué lindos todos felices dentro del horno.

Una vez que salen del horno, hay que ponerlos a enfriar.

Aquí ya agarrando el fresquito (nota: ¿ven mis mantelitos? son la onda. Están hechos de revistas tailandesas).

El relleno puede ser de diferentes sabores. Mi hermana había propuesto el ganache (chocolate derretido con crema para batir) el cual preparamos, pero en el super encontramos una mermelada cremosa sabor plátano con cereza. DELICIOSA. Así que utilizamos ambos rellenos.

Los rositas los rellenamos de plátano/cereza y los morados de ganache. Y fuera de que quedaron un poquito huecos, sobrevivimos a la preparación… la verdad es que saben muy ricos.

Nos tardamos menos de 2 horas en hacerlos, y nos hubieramos tardado quizá un poco menos de tener una bandeja para hornear más grande, pero el asunto es que no resultaron tan difíciles como pensábamos… bueeeno, no quedaron así perfectísimos pero ¡lo logramos!.
Admito que siento que perdieron un poco la magia… yo siempre había pensado que era la cosa más complicada del mundo, imposible de hacer para manos mortales, glamorosos y lejanos… okok, exageré jajaja pero sí, fue un poco como cuando mi amigo Can me explicó cómo era que los puentes se construían sobre el agua… también perdió un poco la magia. En fin.
Macarons: DONE.

El atril

Ayer que fui a la Feria del Libro, caí por fin en la tentación de comprarme un atril. Los he visto durante años y oh, de lo que me he perdido. Hoy que he estado ahogada en la tesis lo estrené, y verdá de Dios es una maravilla. Cómprenlo que todavía hay chanza.

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Además ahora incluye un cuadrito que colocas en la parte superior del libro, para abrir las hojas sin maltratarlo. Es la onda.

Yerushalayim shel zahav

“Jerusalem of Gold” es una canción muy hermosa que escuché por primera vez en la interpretación de la hermosísima voz de Ofra Haza, mientras terminaba el día frente al muro de las lamentaciones. Nuestro guía nos explicaba que esa canción había sido esencial para el pueblo judío, que se había convertido en un himno para ellos -y de hecho en algún momento se tuvo la intención de reemplazar el himno oficial con esta canción-. Tiene una historia muy larga que pueden leer por acá. Recuerdo que era una noche fresca y yo miraba hacia el muro, con su respectiva división entre hombres y mujeres, todos orando y colocando papelillos con peticiones entre los huecos de la piedra. A pesar de que no entendía una sola palabra, la canción me estrujaba: hay cosas que aunque no se entiendan, se sienten. Y desde entonces me gusta escucharla de cuando en cuando, además de que ya después pude leer la traducción y en verdad es emotiva. He aquí la canción en voz de Ofra Haza, una joya israelí.


Hace rato, mientras la escuchaba, descubrí una de esas cosas que no puedes creer que no hayas descubierto antes. Vi algo que tuve frente a mi nariz durante aaaaños y jamás me había hecho click. Incluso con el sólo nombre de la cantante pude haberlo sabido. Es más, no tenía ni que conocer “Jerusalem of gold”. Es más, sólo me bastaba haber puesto un poquitito de atención. Me di un zape (imaginario) cuando me cayó el veinte: es Ofra Haza quien hace los coros en “Temple of Love” de Sisters of Mercy.
¡DUH!

Habibi

Mi primer (y único) contacto con Craig Thompson fue Blankets, hace muchos años y muchos recuerdos. Me lo regalaron con una linda dedicatoria y una anécdota que requiere de dos o tres cervezas para poder ser narrada. El asunto es que Blankets me fascinó -¿cómo podría no hacerlo una novela cuyos nombres de capítulos remiten a canciones de The cure?-, me conmovió hasta las lágrimas. Sé que no sólo a mi.
Si bien el asunto con la imagen y las palabras, tanto en una novela gráfica como en un cómic, es que se unan para contar una historia, Thompson logra ese “ir más allá” en Habibi, convirtiendo a las imágenes en poesía que a su vez, narra. No soy ninguna experta en novelas gráficas, pero no recuerdo otra que me haya mantenido sosteniendo la página, viendo una ilustración por minutos y minutos sin pensar siquiera en lo prolijo del trazo o lo avanzado de la técnica, sino absorbiendo la totalidad, entendiendo las palabras que no han sido dichas pero que ahí están, que fluyen con el dibujo y la hermosa caligrafía.
Dicen los que saben que Thompson hizo su tarea al estudiar la caligrafía árabe, su historia y religión. Yo no lo sé (y habrá que preguntarle a Dulcísima luego), pero el trabajo me parece primoroso, excelso. Se los digo yo que disfruto la escritura, y qué mejor escritura que aquella que se dibuja, que encierra sentidos en su figura que luego se convertirán en palabras. Además se pueden ver claramente los 6 años de trabajo que le tomó crear esta historia en la forma en cómo construye la trama, todo el trasfondo religioso e histórico y la gran cantidad de referencias.
La historia es grotesca, sí, es difícil sentirse relacionado con ella, pero yo creo que el autor logra colocarla en el lector y hacerlo partícipe de ella. Está llena de clichés, seguro, de gringadas, de concepciones occidentales y de esterotipos. Pero yo creo, en mi ingenua y personal opinión, que eso no la hace menos bella.
En conclusión, es un libro que vale mucho mucho la pena leer, aunque sea tremendo bloque (que quizá puede usarse luego para descalabrar a algún cristiano -no pun intended-) e incluso si no tienen experiencia previa leyendo novelas gráficas.

¿Magenta para rato?

Llevo ya varios días con una medio crisis de colorimetría.
Resulta que haciendo cuentas, llevo ya 5 años con mi cabello magenta (es curioso que mimarido no conozca mi cabello al natural) con esporádicos y breves momentos morados, establecí toda una marca en torno al color de mi cabello que incluye nicks, fotos, apodos, tutoriales, boda con cabello magenta, reconocimiento aleatorio en la calle (¿tú eres magentuosa?) y todo un marketing que básicamente asocia el color con una forma de nombrarme. Y no es que el color sea muy original -el tubo de magenta cuesta 30 pesos en cualquier tienda de artículos para estéticas- lo que yo no he visto es el mismo color tanto tiempo y tan arraigado hasta en el lenguaje (ya sé que estás pensando en la copycat, pero esa ni siquiera figura) y la autoconcepción.
Durante 15 años mi cabello ha cambiado de color y de forma, pero sobre todo de color. Quizá los cambios más radicales los empecé a experimentar cuando entré a la licenciatura (hay un largo post que narra la historia) pero la modificación más radical es justo la que tengo ahora en el cabello y que realicé hace 5 años.
El asunto es que ya no sé qué hacer con mi cabello. Pensé en cambiarlo a turquesa, pero es un color difícil de mantener y la marca que me gusta no se consigue acá, entonces tengo que pedirla por ebay y ya no puedo ir a los united a recoger los productos con tanta frecuencia como antes. Pensé en morado, pero la verdad es un color que me aburre muy rápido. Pensé en el rojo, pero ya lo he tenido rojo. Pensé en el blanco/gris (super decolorado con tinte plateado) pero la neta no sé cómo me quede porque mi piel es morenaza y no cualquier tono le va. Intenté hacerme una mecha turquesa, de hecho compré el tinte y todo, pero oh sorpresa, el magenta manchó la cortina y primero se veía azul pero ahora se ve morada. Ush.

Pensé entonces en cortármelo como Lisbeth Salander, o sea, básicamente rapado de los costados y largo en medio, para poderlo despeinar también así medio punko. Peeero, no sé qué tan cómoda me sienta con un corte tan radical, y por otro lado, cuando veo las fotos con mi cabello casi hasta la cintura me da un montón de nostalgia. El asunto también es que no puede ser un tinte o corte demasiado complicado, porque yo regularmente no me peino, me da flojera andar ahí todo el tiempo con la plancha o la secadora. Es más, ni me sé secar el cabello, como no sea despeinándolo todo y echando el aire por doquier.
La otra es que me gusta el “scene hair“, pero no taaan emo, sólo la manera en que hacen las capas y combinan los colores… pero ese tipo de cabello no es nada compatible con mi estilo de vida (o sea, qué hueva producirse tanto).
Y finalmente, me da un pánico terrible cambiar de color. He creado una imagen en torno al color de mi cabello, que siento que si lo cambio dejaré de ser yo (silly, I know) o la gente dejará de reconocerme o algo así. Es, simplemente, hacer un cambio radical en una marca que lleva ya mucho tiempo siendo de tal manera. No que yo sea una marca, pero es que el color se ha unido a mi identidad hasta no sé qué punto.
Ay, no sé qué hacer, estoy aburrida con mi cabello :(