Ya tengo depa :)
Porque mi corazón es la casa vacía que espera que un día se llene toda de luz…
Fobia – Casa vacía
[audio:fobia-casavacia.mp3]

(pero sin plan maestro)
Ya tengo depa :)
Porque mi corazón es la casa vacía que espera que un día se llene toda de luz…
Fobia – Casa vacía
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Eso lo dijo uno de mis maestros. Yo moría de la risa. Claro, descontextualizado suena escandalizante, pero les juro que venía completamente al caso. Me gusta mucho su clase porque él se habla de tú con la filosofía, y la neta, me facilita la vida y entiendo mejor muchas cosas que antes simplemente no me interesaban.
El asunto es que hasta ahora voy bien con mis clases, es un poco chistoso volver al tema de la escuela, llegar a tiempo a clase, sacar tus libretas de notas (ya habíamos aclarado el punto de que soy bien ñoña y tomo apuntes), hacer tarea, leer por obligación -sin que esto sea para nada malo. Me siento como novata, tenía cuatro años de no pisar mi universidad. Entonces ahora hasta le dudo un segundito cuando busco tal o cual aula, o determinado servicio que no recuerdo dónde brindan.
Lo más interesante -o traumático, o chistoso, según como se vea- es que me encuentro a mis alumnos de la prepa, ya unos cuantos metros y kilos después. Pensar que yo los conocí cuando tenían 16 y ahora tienen, no sé, alrededor de 20. Que a esas edades los cambios son, bueno, muy notorios. Hoy en particular me encontré a uno de ellos que recuerdo particularmente (como otros que recuerdo particularmente por diversas razones, unas más platicables que otras) porque escribía muy bien. Tomaba el taller de creación literaria que yo di por varios semestres, y de hecho ganó un concurso mientras era mi alumno (no por mí, el talento no se aprende y de dónde me iba a aprender a mí el talento para escribir si… ejem, bueno). El punto es que ahora está estudiando letras y lleva clases con algunos maestros con los que yo tomé clases hace… en fin, mucho tiempo. Yo no sabía si felicitarlo o darle el pésame; al final elegí felicitarlo. Digo, si en parte fue mi culpa debería sentirme orgullosa. Y si no, pos también, total, que al rato seremos colegas.
Y así, he encontrado al menos unos 5 ó 6 alumnos, que es bastante dado el tamaño del campus. Algunos me dicen todavía “miss” y otros ya me dicen por mi nombre y me hablan de tú (mis alumnos jamás me hablaron de tú cuando fui su maestra). El otro día una de mis ex-alumnas, una de las que todavía me dice “miss”, me abrazó y saludó con harto gusto. Cuando me alejé, escuché que les dijo a sus compañeros “ella es la mejor miss del mundo”. Sin entrar en detalles de forma, ¿no se sentirían estúpidamente orgullosos de escuchar algo así? Joder, yo sí. Ese tipo de cosas me hacen pensar que quizá algunas de mis acciones no estuvieron tan mal, que quizá algunas rutas que elegí sobre otras fueron las acertadas, que tantos errores se compensan con un acierto. Y cada vez siento con más fuerza que regresar a estudiar es, en definitiva, un acierto.


Lo llevamos a que el veterinario lo revisara, le dieron un antibiótico, lo desparasitaron y lo bañaron. Es increíble que sólo hayan pasado 5 días de eso, pues Mao luce ya muy alegre y juguetón. Es muy cariñoso, lo que me encanta de él… muy agradecido, muy bien portado y se la pasa ronroneando. Le encanta comer, pero si le acercas la mano, deja de comer y se frota contigo. Se me figura que su vida en la calle fue muy desagradable, y ahora que todo mundo está al pendiente de él y tiene su comida especial, caja de arena, juguetes, cama suavecita… no sé, como que no se la cree. Al principio nos tenía miedo, pero ahora se la pasa jugando con todos. Menos con Ozzy, claro, como que todavía no tienen ganas de conocerse muy a detalle.

El término no es mío, sino de Carolina Aguirre. Se refiere nada más y nada menos que a esos negocios con comida rica, o buenas promociones, o mucha amabilidad, o servicios que en ningún otro lado daban… que claro, terminarán cerrando en menos de un año. Todos hemos conocido cuando menos uno. El restaurante de comida corrida de la tía fulana, la mini papelería/mercería/tienda de regalos de la esquina, la señora que cose y puso su negocito.
La Aguirre, con todo su mal humor de siempre, lo cuenta muy bien.
A la hora de pelear somos todos iguales. Yo, por ejemplo, no discrimino a nadie. Me peleo con niños en la plaza, con gerentes de banco, con vecinos molestos, con el santo de mi marido, y con cualquiera que busque complicarme la vida.
Sin embargo, hay una excepción. O mejor dicho un tabú. Hay un caso en el que no puedo pelear. Un caso en el que me inhibo. Un caso en el que me pueden pasar por arriba, estafarme descaradamente, atenderme mal o cobrarme un disparate que yo pongo la otra mejilla. ¡Incluso sonrío y agradezco!
A ese caso, en mi familia le decimos “la partida de alma”.
Cada tanto (sobre todo en los barrios), una familia decide abrir un negocio para subsistir. Hipotecan la casa, venden el auto o se juegan la indemnización de una vida para concretar el ansiado sueño de ser patrón. Tanto los padres como los hijos trabajan con la mayor de las ilusiones. Atienden con una sonrisa de oreja a oreja y reciben a los compradores con esos nervios de principiante que le resultan tan tiernos a la clientela.
En general, las partidas de alma se abren siempre en un local camaleónico que trae en su espalda millones de fracasos. Un local que fue pizzería, locutorio, polirubro, lavadero automático y remisería, y que sólo es noticia cuando abre y cuando cierra, quince días después.
Lo comento porque acabo de ver cerrar el negocio de una conocida, que tenía cerca de mi casa; como una especie de veterinaria pero que no era precisamente veterinaria, sino que sólo acicalaban mascotas (baño, corte, etcétera). Yo lo veía venir, la verdad. La chica es lo más, pero la ubicación no era muy buena, y quizá el concepto en general. Bueno, me imagino que cerró, pero espero que más bien se haya mudado de sitio… porque si de verdad cerró me partiría el alma.
Que por cierto, si no saben quién es la tal Carolina, les recuerdo la obsesión que tuve hace poco más de un año con la blognovela Ciega a citas; pues bueno, ella es la autora.
El lunes pasado me dieron el horario de mis materias, las tres que llevaré en el doctorado. Ya sólo me falta confirmar una beca, pero de inicio no tengo que pagar la escuela y recibiré una pequeña entrada económica de otra beca. Estoy emocionada por volver a la escuela, pero al mismo tiempo estresada. Creo que esto representa un parteaguas en el rumbo que lleva mi vida. Inicio una nueva etapa académica, pesada, intensa y emocionante. Al mismo tiempo debo decidir sobre otras cosas que también ocupan mi tiempo, como las clases de danza, mis proyectos artísticos, personales, laborales y de difusión cultural. Sin dejar de lado que no debo dejar de hacer ejercicio, y que mi intención para este semestre es volver al yoga e iniciar clases de tango.
Como se imaginarán, en este momento tengo mucho caos mental, tratando de que todo tome su sitio. Es como la polvareda que se levanta cuando cambias el lugar de los muebles.
Y hablando de muebles, también es mi intención mudarme de casa. Era algo que ya tenía en la cabeza desde hace tiempo, es como una necesidad mental, hormonal, biológica, o como se diría coloquialmente: es la edad. Desde hace rato que era “la edad”, pero las cosas no se habían dado para que esto sucediera, y ahora parece ser que sí. Encontrar casa quizá no vaya a ser tan fácil, conforme he visto casas y depas en internet me doy cuenta de que soy muy requisitosa en cuanto a la ubicación y la presentación. Es que llevaba tanto tiempo imaginándolo que ahora va a ser difícil encontrar algo que se ajuste a esa imagen mental que tengo de mi vida en un nuevo hogar. Pero espero encontrar algo que sea más o menos como necesito. Lo primero que quiero, y eso sí es claramente un capricho, es que tenga una habitación extra para hacer un estudio. Me encantaría poder tener un estudio con todos mis libros y poder verles los lomos a todos. Esa es la parte linda, claro, supongo que ahora tendré que enfrentarme a dificultades que antes no tenía, pero está bien, todo es aprendizaje. Y creo que estoy lista para esto.
El otro día descubrí en el costco un producto bien rico, una bebida orgánica de soya sabor té chai con vainilla (¿ven cuánto “om” hay en esa frase?) deliciosa. Pero en serio, pude haberme bebido todo el litro en un solo día, pero no porque es cara y luego qué adicción. Eso fue hace una semana. Hoy regresé a comprarla y, oh decepción, ya no la venden. Ustedes podrán decir, bueno, es que en esas tiendas así es, hay mucha rotación de productos. Pero no. En serio que no es eso, es nada más y nada menos que… LA MALDICIÓN. Es un rollo de familia. Verán, a lo largo de los años en mi familia hemos ido descubriendo cosas que nos gustan, léase comida, lugares, productos en general. Cuando lo descubrimos y llegamos a la conclusión de que nos gusta y lo consumiremos con cierta frecuencia, desaparece.
Estaba en mis planes, por ejemplo, comprar una mayor cantidad de esta bebida de soya para consumirla con regularidad, pero *bam*, la maldición, y desaparece. El cereal Count Chocula (ya no lo venden en Mty), el champú de menta de mi papá, el restaurante veracruzano (aunque luego regresó), las galletas knot berry farm, la arena del gato, el pay de manzana del sams (mi hermana dice que también hubo unas galletas de chocolate de ahí mismo, pero yo no las recuerdo), el aceite de oliva con albahaca que era maravilloso para preparar pasta a la carbonara, el tinte marca movie colors (con sus colores azul y magenta inigualables), el cereal crunch, la granola del costco (aunque es más bien intermitente) y otros más que quizá mi papá recuerde mejor que yo.
La lista es interminable, casi tan interminable como la lista de “Papá dijo: ‘por qué no hacen un -inserte idea novedosa aquí-‘ y una semana después apareció en el mercado”.
No sabemos cómo deshacernos de la maldición, quizá simplemente no se pueda. Pero por pura precaución, la próxima vez que vaya a comprar algo que seguramente me gustará y querré repetir la compra, le pediré a alguien más que lo haga por mí. No vaya a ser que luego ya no lo encuentre.