y mañana podrás de nuevo echar a volar

Por lo regular, cuando escucho música lo hago en modalidad aleatoria, o sea, pongo el ipod en random a ver qué sale. Cuando le pongo música no me fijo muy bien qué es lo que meto, la verdad es que tengo mucha más de la que puedo escuchar. Pero de pronto hay rarezas, y de entre esas rarezas salió una canción que aparentemente es del 95 aunque yo la recuerdo mucho más antigua: “Echar a volar” de Matrícula 2.
Por aquellos ayeres yo escuchaba fm-tú, y esta canción era obligadita todas las noches. Recuerdo que me quedaba dormida con la grabadora a un lado, muy bajita (todavía no tenía walkman) y a eso de las 10 u 11, más menos, ponían esa rola. Y otra que iba pegada siempre era la de “Me acuerdo” de Vico C, que no sé qué tenía que ver una con la otra (la de Vico C es como del 90, de la misma época de Gerardo… jajaja ay bueno ya) pero siempre las tocaban juntas. Y yo esperaba que las pusieran para luego dormirme, porque particularmente la de Matrícula 2 me gustaba mucho.

Y pues, aquí está “Echar a volar”, debidamente grabada de telehit en un vhs :)

Nietzsche es un brownie de chocolate

Eso lo dijo uno de mis maestros. Yo moría de la risa. Claro, descontextualizado suena escandalizante, pero les juro que venía completamente al caso. Me gusta mucho su clase porque él se habla de tú con la filosofía, y la neta, me facilita la vida y entiendo mejor muchas cosas que antes simplemente no me interesaban.
El asunto es que hasta ahora voy bien con mis clases, es un poco chistoso volver al tema de la escuela, llegar a tiempo a clase, sacar tus libretas de notas (ya habíamos aclarado el punto de que soy bien ñoña y tomo apuntes), hacer tarea, leer por obligación -sin que esto sea para nada malo. Me siento como novata, tenía cuatro años de no pisar mi universidad. Entonces ahora hasta le dudo un segundito cuando busco tal o cual aula, o determinado servicio que no recuerdo dónde brindan.
Lo más interesante -o traumático, o chistoso, según como se vea- es que me encuentro a mis alumnos de la prepa, ya unos cuantos metros y kilos después. Pensar que yo los conocí cuando tenían 16 y ahora tienen, no sé, alrededor de 20. Que a esas edades los cambios son, bueno, muy notorios. Hoy en particular me encontré a uno de ellos que recuerdo particularmente (como otros que recuerdo particularmente por diversas razones, unas más platicables que otras) porque escribía muy bien. Tomaba el taller de creación literaria que yo di por varios semestres, y de hecho ganó un concurso mientras era mi alumno (no por mí, el talento no se aprende y de dónde me iba a aprender a mí el talento para escribir si… ejem, bueno). El punto es que ahora está estudiando letras y lleva clases con algunos maestros con los que yo tomé clases hace… en fin, mucho tiempo. Yo no sabía si felicitarlo o darle el pésame; al final elegí felicitarlo. Digo, si en parte fue mi culpa debería sentirme orgullosa. Y si no, pos también, total, que al rato seremos colegas.
Y así, he encontrado al menos unos 5 ó 6 alumnos, que es bastante dado el tamaño del campus. Algunos me dicen todavía “miss” y otros ya me dicen por mi nombre y me hablan de tú (mis alumnos jamás me hablaron de tú cuando fui su maestra). El otro día una de mis ex-alumnas, una de las que todavía me dice “miss”, me abrazó y saludó con harto gusto. Cuando me alejé, escuché que les dijo a sus compañeros “ella es la mejor miss del mundo”. Sin entrar en detalles de forma, ¿no se sentirían estúpidamente orgullosos de escuchar algo así? Joder, yo sí. Ese tipo de cosas me hacen pensar que quizá algunas de mis acciones no estuvieron tan mal, que quizá algunas rutas que elegí sobre otras fueron las acertadas, que tantos errores se compensan con un acierto. Y cada vez siento con más fuerza que regresar a estudiar es, en definitiva, un acierto.

caminito de la escuela

Extraño los veranos. Esos veranos de cuando era estudiante de primaria, secundaria o incluso prepa. Esos veranos en los que te dedicabas a levantarte tarde, no hacer nada, ver la tele, salir a jugar con los de la cuadra, hablar interminablemente por teléfono. En el mejor de los casos, salir de vacaciones con la familia. Decir, por ahí de mediados de julio “me muero por regresar a la escuela” -bueno es que yo soy bien ñoña y yo sí decía eso. Y cuando las vacaciones de verano estaban por terminar, venía una de mis partes favoritas: ¡surtir la lista de útiles! Ir a la tienda atestada de gente -el supermercado, las grandes papelerías, las pequeñas- con una tremenda lista en la mano, y llenar el carrito. Ver desfilar una gran cantidad de libretas: forma francesa, italiana, profesional, de raya, doble raya, cuadro grande, cuadro chico, en blanco, pautada, papel milimétrico… carpetas (esas eran las que menos me gustaban, por sus colores pastel aburridísimos), y mi delirio: plumas, lápices, COLORES, CRAYOLES, PLUMONES!! que nunca usé para cosas maravillosas, es fecha que no sé dibujar más que monitos de palitos pero me encantaría tener esas cajas de prismacolor, crayolas o pincelines para hacer garabatos en hojas de libretitas cute. En verdad: me matan todos los artículos para pintar… si me regalan una caja gigante de crayolas seré feliz y al mismo tiempo triste porque no sé dibujar. Aunque la solución perfecta sería que me regalaran las crayolas y un cuaderno para colorear… uff, horas de diversión. ¿Han visto esas crayolas “twistable” que le giras y sale el color? Madre santa, si no estuvieran tan caras y si no estuviera yo tan ocupada, me compraría paquetes y paquetes y los abriría todos y los manosearía (chale, hasta porno estuvo eso). Pero bueno, me ocuparé de mis obsesiones con objetos para escribir/rayar/colorear en otro momento.
Una vez que ya tenía todos los útiles en la casa (borradores, pegamento, lapiceras, sacapuntas, regla, todo eso) lo que seguía también me fascinaba: forrar las libretas. Que si dos amarillas, que si las de cuadro van naranjas, las de español en rojo… uy, era tan feliz forrando. Tan feliz que hubo un verano en el que trabajé algunos días en una papelería forrando libretas de los paquetes escolares… tenía como 11 ó 12 años. Ahí aprendí algunas mañas de las más expertas forradoras de libretas, los mejores trucos para que el papel contact (que apenas se empezaba a estilar en mis libretas) no saliera con burbujas… o si iban forradas con plástico (que mi mamá compraba por metros y olía de-li-cio-so) ponerle algo de talquito para que no se pegaran unas con otras (efecto que suedía con regular frecuencia, sobre todo los primeros días de clases… ¿alguna vez rompieron la pasta de una libreta al intentar sacar otra que se quedó pegada?).
El deleite continuaba una vez comenzadas las clases. Yo siempre acomodaba mis libretas por tamaños, de la más grande a la más pequeña. Ir llenando de palabras esas blancas hojas con lápices largos y recién afilados me daba como emoción, hacer los márgenes rojos con regla nueva y sin manchas de plumón, con pluma o color rojo también nuevo… usar la esquinita perfectamente cuadrada y blanca de un borrador pelikan blanco… o borrar de más con los de migajón que se desbarataban rápidamente… sacar el prit antes de que se te perdiera o se manchara de negro por pegar recortes de periódico… podría seguir y seguir, pero el punto es explicar cómo todo el ritual del regreso a clases era algo completamente disfrutable, que podía extender incluso hasta todo el primer mes de clase. Porque claro, el asunto del uniforme también era otra cosa muy disfrutable: las calcetas nuevas, los zapatos nuevos o recién boleados, las camisetas del uniforme con el escudo sin deslavar… en fin.
Hace años que no disfruto de este ritual. En la carrera podía tomar notas casi en servilletas y daba igual. Sin embargo continué con mi labor de selección de libretas especiales, forrarla con algún tema en particular, hacer collages con recortes y palabras… aunque poco a poco lo fui perdiendo. Mis libretas de los últimos semestres eran de esas de divisiones por colores, procuraba cargar siempre lo menos posible. Pero las plumas diferentes y medio caras son un placer que nunca me he negado. Jamás usé una bic convencional. Y jamás lo haré.
Ahora ya casi no compro libretas, para la escuela, al menos. Tengo mi colección de libretas en blanco, pero esas son de lugares especiales, o regalos. Pero digamos, libreta para ir a la escuela, no. Plumas sí, montones, de hecho temo que se sequen antes de que pueda siquiera probarlas.

Ya pronto regresaré a clases, después de cinco años de ausencia. Supongo que será muy diferente a cuando estudiaba la carrera, creo que ahora sólo llevaré tres materias, y no tengo idea de la frecuencia con la que debo asistir a clases, ni las duraciones. Supongo que será ya un rollo muy “adulto” y mi libreta de chococat no será muy bien vista, y aunque se me ocurren algunos buenos collages (con gatitos, claro) quién sabe si al final me anime. No sé. Extraño esa sensación de emoción al ver el carrito llenarse de útiles escolares, con sus empaques plásticos y colores. Supongo que para los padres no debe ser muy emocionante gastar toda esa lana que implica el regreso a clases, pero uno como niño qué sabe. A mí denme libretas, papel lustre de colores, contact, cinta scotch (con dispensador), tijeras, y seré completamente feliz.
¿Alguna mamá que necesite ayuda para forrar los libros de sus hijos?

tres videos de hace 15 años

Como que esta edad pre-30’s me hace pensar mucho en las cosas que me gustaban hace más o menos 15 años… seh, ya me está dando lo retro. Y hoy recordaba los primeros videos que ví en TeleHit, no sé si apenas empezaba el canal o apenas lo había descubierto, supongo que estaba en la edad de empezar a apreciar los canales de videos. El punto es que recuerdo que a mis 12-13 años (digamos, 1993-1994), veía en telehit ciertos videos que me encantaban, entre ellos los siguientes:

1. “Cruzando puertas”, de Robi Draco Rosa. Recuerdo que compré el caset en un Gigante que estaba por la casa… y lo compré precisamente por esa canción, la de Cruzando puertas. No la ponían mucho en el radio, que yo recuerde, pero el video siempre me hipnotizaba, se me hacía todo misterioso y cool. Hasta hace relativamente poco empecé a escuchar de nuevo a Robi Draco, porque me topé con “Solitary man”, una canción preciosa de la cual me enamoré, y a raíz de eso conseguí toda su discografía, y la versión en inglés del disco Frío, que sería ese mismo que compré en el ’94. En fin, a ver si se acuerdan (o lo vieron):

2. “Fe”, de Jorge González, el que era vocalista de Los Prisioneros. A este grupo la verdad no lo escuché mucho, pero claro que recuerdo “Tren al sur” y “Estrechez de corazón”, que también tiene un video bastante bueno y salvaje, grrr. Pero “Fe” es muuucho muy diferente a lo que hacía con Los Prisioneros. El video está bien chido, incluso para los estándares actuales, y me encantaba por vampírico e hipnotizante… y claro, la rola me gustaba mucho también. Esta creo que la oí más en el radio (creo que por entonces escuchaba fm tu o algo así). A ver si se acuerdan…

3. “Aquí no es así”, de Caifanes. Ah, este fue uno de los primeros cd’s que tuve. Recuerdo que el video tuvo muchísimo éxito, y además se recalcó mucho el hecho de que fue grabado en una sola toma… idea que poquitito después tomó Paulina Rubio cuando hizo su video de “Mío” (ahh por qué me acuerdo de estas cosas…) En fin, Caifanes no necesita mucha presentación.

Y me acuerdo también de otro video que me gustaba… pero ese pertenece a mi dark side, así que si quieres descubrirlo, lo verás después del salto…
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el departamento de la memoria

Se me olvidan los lugares. Mi memoria es porosa, o líquida, o polvosa, o lo que sea. Y tal o cual ciudad de pronto se convierte en una calle situada en medio de la nada, una taza de chocolate, unos zapatos ahogados en charcos, el último bocado de un pastel. Un instante congelado entre otros instantes enterrados al fondo de mis recuerdos, que quizá emerjan después de un terremoto emocional, alguna sacudida fuerte, una caída, un golpe. Las palabras no me sirven para guardarlos, porque tienen forma, sabor y textura, porque evocan cosas que yo no quiero imprimirles. Por otro lado las imágenes delimitan los colores y las secciones: nunca he podido tomar una fotografía perfecta, de esas que “captan el momento”, porque no existe tal cosa. La forma perfecta de apreciar un momento es simplemente estar ahí, reírte como un río o una cascada, morirte de frío, de calor, de enfermedad; sentir que la sangre se te va a los pies porque alguien te sigue en una calle oscura, morder un pedazo de grasa en tu cena y escupirlo discretamente en una servilleta. No hay palabras y no hay imágenes: el presente se convierte en constante pasado a una velocidad indecible. Los recuerdos no hay más que llorarlos.
Por eso, el departamento de la memoria siempre está hecho de retazos frágiles y mal cosidos al resto de las cosas. Por eso confundimos caras y sabores, anhelamos cosas sin forma, sentimientos que nunca nos han pasado por el pecho. Es como girar un globo terráqueo y apuntar azarosamente hacia cualquier punto, tocarás un lugar en el mapa de la mente, sea agua o sea tierra, y te remitirá inevitablemente a algo, que quién sabe qué sea pero te traspasa, te carcome: qué es qué es qué es, por qué me siento así. Concluyo pensando que las cosas siempre son otras cosas y tienen otros significados. Andamos por la vida tocando puntos aleatoriamente en un mapa y construimos otras realidades que quién sabe si sean nuestras, interpretamos bajo un esquema que quién sabe si funcione, unimos puntos que al final quién sabe si deban ser unidos. La cosa es seguir destapando cartas aunque nos salgan invertidas, la cosa es seguir descubriendo cartas para agregar nuevos significados. La cosa es que quién sabe qué sea la cosa.

Istanbul

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