El último post de LG, autora de nuestra blognovela Ciega a citas, me hizo pensar. Por una parte tiene la seguridad, la tranquilidad y el aburrimiento de un hombre llamado Ezquiel, que no le excita ni un pelo pero puede, como quien dice, “dormir con los dos ojos cerrados”. Por otra, tiene al encantador pero peligroso Matías, que además de ser un hombre inteligente y simpático, es guapo.
(spoilers de la historia a continuación)
Si no fuera por la cagada de Matías en la fiesta de año nuevo, creo que ambos seguirían juntos. Esto es bueno porque la historia tomó un rumbo completamente inesperado y a todos sus lectores -me lo imagino- nos hizo abrir mucho los ojos y llevarnos la mano a la boca en un gesto de ¡OH!. Es malo, porque ahora muchos de nosotros estamos tratando de convencerla de que le dé otra oportunidad, se nota que le encanta y es puro orgullo el que no le permite aceptar que debería estarle haciendo caso a Matías. No porque Ezequiel sea malo sino porque… es plano. Aburrido. Asexual. Es bueno, sí, pero más por la inactividad que por una verdadera constitución de bondad.
Esto me llevó a pensar en mis propias decisiones. Siempre he elegido al que me hace volar, al que me sacude, al que me golpea (metafóricamente), al que me saca de onda, al que me desespera, al que me hace ser feliz sintiéndome viva. La seguridad y la tranquilidad nunca fue una de mis elecciones favoritas… me gustan más las causas perdidas. Me gustaban, al menos. Es más bien la locura. Sí, me encanta la gente loca, intensa. Me aburre la gente pasiva, en cuanto a relaciones de pareja. Podría pensarse que es poco saludable, pero no: el chiste es encontrar (y qué ardua tarea) a una persona que sea el equilibrio perfecto entre locura y sensatez. Quizá sea la misma razón por la que no puedo imaginarme la vida con una familia tradicional, en una casa tradicional, con una decoración tradicional, con hijos tradicionales. Mi casa es bastante loca y somos muy felices así, y aunque a veces se nos dificulte “integrarnos” a la sociedad… pff, ni quién quiera, jaja.
El punto es: no, LG, no. No es cierto que “más vale un Marcelo en mano”, porque es mejor en los brazos de un Matías. Prefiero la felicidad intensa aunque sea breve, que la perpetuidad de una lápida en cementerio. Además estoy segura de que Matías te alcanza para el casorio: lo que pase después es cosa aparte y merecerá otro blog.

Escuchando música en mi compu -al azar, como regularmente lo hago- de pronto me topé con una canción de Goran Bregovic de su disco “Karmen with a happy end” interpretada por el bellísimo Alen Ademovic, al que todos tuvimos oportunidad de ver cuando vino Bregovic con su banda 
